La esclava de su amante

 

 

Sinopsis argumental de La esclava de su amante de María de Zayas y Sotomayor

 

 

NOTA: este texto ha sido generado con IA (Gemini) y revisado por MPR (2070 palabras); entre corchetes aparecen la referencias a los motivos marcados en la edicióon.

 

La novela comienza con doña Isabel Fajardo, una joven noble y hermosa de Murcia, que cuenta su historia [L15] revelando que no es mora [F1], sino cristiana, y que las marcas en su rostro son un símbolo de la deshonra causada por un hombre. Se presenta como hija única de padres ricos y principales [E1], destacando por su belleza, nobleza, riqueza y habilidades, especialmente en la poesía. Doña Isabel desprecia el amor de don Felipe [B9], un caballero pobre pero virtuoso, influenciada por su desvanecimiento y las expectativas sociales. Este rechazo marca el comienzo de sus infortunios.

La acción se traslada a Zaragoza, adonde doña Isabel y su familia viajan debido a las revueltas en Cataluña [J3], y el Rey ha otorgado a su padre el cargo  de maese de campo [D7]. Allí se hospedan en casa de una viuda con dos hijos: doña Eufrasia, con quien doña Isabel forja una profunda amistad [C3], y don Manuel. Este último, un joven galán, trama una serie de engaños para seducir y deshonrar a doña Isabel [B9]. La doncella de doña Isabel, Claudia, intercede a favor de don Manuel, ablandando la voluntad de su ama con una carta manipuladora que amenaza con el suicidio del galán.

 

Durante las fiestas de Carnestolendas, don Manuel fuerza a doña Isabel a entrar en su aposento y la deshonra. Este evento le provoca un desmayo y, al recuperar la conciencia, una profunda rabia que la lleva a intentar vengarse de él e incluso a atentar contra su propia vida.

Tras la deshonra [I5], doña Isabel cae gravemente enferma, sumida en una gran pena. A pesar de su aborrecimiento por don Manuel, su doncella Claudia y doña Eufrasia la persuaden de que la única solución para restaurar su honor es el matrimonio con él. Don Manuel, sin embargo, dilata la formalización de la boda con excusas, como esperar un hábito de Santiago, manteniendo a doña Isabel en la incertidumbre.

En este período, Luis, un nuevo criado, entra al servicio de la casa. Se revela que Luis es en realidad don Felipe, quien ha cambiado su identidad para permanecer cerca de doña Isabel. Él observa en silencio la relación de doña Isabel con don Manuel, contrastando con la falsedad de este último.

 

La situación da un nuevo giro cuando don Manuel se embarca en secreto como gentilhombre del Almirante de Castilla. Se despide de doña Isabel con un abrazo tierno y ojos llorosos, que esconde su verdadero desapego. Poco después de la partida de don Manuel, Luis, el criado de la casa que se revela como el antes rechazado don Felipe, le informa a doña Isabel de la huida de don Manuel y su destino. Don Felipe, quien ha estado sirviendo en secreto a doña Isabel por amor, le ofrece venganza, declarando su verdadera identidad y su intención de hacer que don Manuel cumpla su promesa o que ambos mueran en el intento.

 

Impulsada por la desesperación y el deseo de vengarse, doña Isabel toma la radical decisión de abandonar su casa. Recoge sus joyas y dinero, y una noche, aprovechando la cena de sus padres, huye con la ayuda de Octavio, un anciano criado al que ella había socorrido previamente. Octavio la reprende por su decisión, pero la ayuda a escapar.

Al día siguiente, Octavio regresa a casa de doña Isabel para indagar y descubre el trágico resultado de su huida: su madre la cree desaparecida con don Manuel y su padre ha muerto a causa del dolor por la pérdida de su hija. A pesar de estas noticias devastadoras, doña Isabel se recompone. Cose sus joyas y doblones a su ropa y, a los pocos días, emprende camino hacia Alicante con Octavio, con la intención de alcanzar a don Manuel. En Alicante, se enteran de que las galeras de don Manuel aún no han llegado.

 

Doña Isabel, en un acto de extrema determinación, decide convertirse en esclava para acercarse a don Manuel sin ser reconocida [F3]. Se disfraza de mora, se pone "clavo y S" en el rostro, se nombra Zelima, y le pide a Octavio que la venda. Octavio la vende por cien ducados, convirtiéndose así en esclava de sus nuevos amos, pero sobre todo, "de su ingrato y alevoso amante". Octavio regresa a Murcia con el dinero, y doña Isabel se queda con sus nuevos amos, quienes la tratan bien y a quienes logra agradar y ganarse su voluntad, especialmente a Leonisa, una de las doncellas, a quien promete convertirse en cristiana.

Don Manuel la encuentra en casa de sus amos, la reconoce vagamente a pesar de su disfraz, se muestra confuso. En la misma casa, doña Isabel descubre a Luis (don Felipe), quien también la reconoce.

 

Don Manuel promete a Isabel remedio y le jura que la sacará de esa situación en Sicilia. Doña Isabel, aunque no totalmente confiada, acepta sus promesas por la esperanza de restaurar su honor. Embarcan juntos en la misma galera hacia Sicilia, donde doña Isabel sigue viendo a don Manuel con pesar por la tristeza de Luis.

 

Llegados a Sicilia y tras unos meses, don Manuel vuelve a mostrarse frío y desinteresado hacia doña Isabel, dedicándose a otras mujeres y juegos, lo que le causa a ella un sufrimiento incesante.  Una vez en una isleta cercana, mientras doña Isabel se queja y don Manuel da falsas disculpas, son sorprendidos y secuestrados por corsarios moros de Argel, quienes los llevan cautivos a su galeota [I9].

 

El arráez (jefe de los corsarios), que entendía el castellano, le pregunta a doña Isabel por su identidad al verla "herrada" (marcada como esclava). Ella miente, diciendo ser una mora llamada Zelima, cautivada seis años atrás y originaria de Fez. Declara que don Manuel es hijo de su señor, y que Luis y Leonisa son también criados de su casa, pidiéndole al arráez que los trate bien y fije un precio para su rescate, confiada en las joyas que lleva ocultas. Así, llegan a Argel, donde son entregados a Zaida, la hermosa hija del arráez. Zaida se alegra de tener a doña Isabel (Zelima) como mora y se enamora de don Manuel. Doña Isabel es vestida con trajes moriscos, y aunque le ofrecen quitarle las marcas de su rostro, ella se niega, afirmando que se las puso por voluntad propia.

 

Zaida desarrolla un profundo afecto por doña Isabel [C1], lo que resulta en un buen trato para don Manuel, Luis y Leonisa, quienes gozan de libertad para moverse por la ciudad y negociar su rescate. Doña Isabel promete a don Manuel joyas para pagar el rescate de los tres, pero la principal dificultad radica en rescatarla a ella, ya que su condición de esclava mora complica la situación. Esperan la llegada de los redentores.

 

En este período, Zaida confiesa su amor a doña Isabel por don Manuel y le pide que le pida a este que se convierta al islam para casarse con ella, lo que pondría a don Manuel al frente de grandes riquezas. Esta petición sume a doña Isabel en mayor desesperación. Doña Isabel le da respuestas ambiguas a Zaida, mientras que don Manuel, interesado en la propuesta, le dice a doña Isabel que le diga a Zaida que no abandonará su fe, pero que si ella se convierte al cristianismo, se casará con ella. Don Manuel la engaña, prometiendo cumplir su obligación una vez fuera de Argel.

 

Zaida acepta la propuesta y se organiza la partida para dos meses después, coincidiendo con un viaje de su padre. Con la ayuda de una carta falsa para obtener la licencia del rey, Zaida prepara una galeota con remeros cristianos a quienes se les revela el plan. Cargan la embarcación con riquezas, y en ella viajan doña Isabel, Leonisa, dos cristianas más, don Manuel y Luis, rumbo a Cartagena o Alicante.

Durante el viaje por mar, los tormentos de doña Isabel se intensifican al ver la cercanía entre don Manuel y Zaida, quien no se niega a ningún afecto. Doña Isabel se siente como un estorbo para la pareja. Don Manuel le pide paciencia hasta llegar a Zaragoza, prometiendo que todo se arreglará.

 

Llegan a Cartagena, donde liberan a los cristianos y preparan el viaje a Zaragoza. A su llegada, seis años después de su partida, don Manuel descubre que su madre ha muerto y doña Eufrasia es viuda. Son bien recibidos, y doña Eufrasia se maravilla al ver las marcas en el rostro de doña Isabel, a quien esta le asegura que son fingidas y temporales.

 

Zaida insiste en bautizarse y casarse. Una tarde, doña Isabel confronta a don Manuel en presencia de Zaida, doña Eufrasia y Luis. Doña Isabel le exige que cumpla su promesa de matrimonio y reconozca su verdadera identidad y la deshonra que le ha causado, pidiéndole que le quite los "hierros" de su rostro y de su fama.

 

Don Manuel, con burla, se niega. Argumenta que su partida de Zaragoza ya indicaba su desinterés por casarse con ella y que la dilación nunca fue por falta de oportunidad, sino por su falta de deseo. La acusa de haberse engañado a sí misma al perseguirlo. Afirma que no puede confiar en una mujer que "sabe hacer y buscar tantos disfraces". Finalmente, declara que se casará con Zaida, a quien ama y quien posee belleza y riquezas, una vez que ella se convierta al cristianismo, poniendo fin así a los tormentos de doña Isabel.

 

Las palabras de don Manuel enfurecen a doña Isabel. En ese momento, Luis (don Felipe) se acerca a don Manuel y, sacando su espada, lo acusa de traidor y le clava una estocada mortal [I2]. Don Felipe huye, prometiendo a doña Isabel que la buscará si escapa con vida. El caos se desata; Zaida, al ver a don Manuel muerto y comprendiendo la situación, toma la daga de la cintura de don Manuel y se la clava en el corazón, cayendo muerta sobre él [I11].

 

Doña Isabel, a pesar de su dolor por la muerte de don Manuel, se siente satisfecha por la venganza. Aprovecha la confusión para recoger las joyas de Zaida y huye a la calle, evitando ser interrogada por la justicia. No encuentra a don Felipe.

 

Finalmente, doña Isabel llega a la casa de Octavio en Zaragoza, a quien le cuenta los últimos sucesos. Al día siguiente, Octavio le informa que don Manuel y Zaida han sido enterrados, y que la justicia los busca a ella y a don Felipe. Doña Isabel se esconde por quince días hasta que el alboroto disminuye.

 

Luego, doña Isabel persuade a Octavio de ir a Valencia. Allí, durante varios días, duda sobre su futuro: si entrar a un convento, casarse con don Felipe para liberarlo y recompensarlo, o regresar con su madre a Murcia, a pesar de haber causado la muerte de su padre y sus penas.

 

Finalmente, doña Isabel decide vivir como esclava herrada, como lo era en su alma. Vende sus joyas y se hace vender a sí misma en la plaza pública como esclava. Octavio, a pesar de sus objeciones, la vende por cien ducados. El comprador es el tío de doña Lisis, quien se enamora de doña Isabel y la lleva a su casa. La esposa de su nuevo señor, doña Leonor, la recibe con recelo, pero con el tiempo se convence de su honestidad y, al verla perseguida por su marido, decide enviarla a Madrid, a casa de su sobrina, doña Lisis.

 

Doña Isabel concluye su larga y triste historia, afirmando que, aunque ha desengañado a muchas con su propio engaño, no desea vivir engañada por más tiempo. Renuncia a los hombres, a quienes considera engañosos, y anuncia su decisión de entregarse a un "Amante" y "Esposo" divino: Dios. Le pide a Lisis permiso para ingresar a un convento en compañía de doña Estefanía. Sus joyas le servirán para la dote. Desea que su madre, al saberla con un Esposo divino, se consuele y que ella pueda darle una vejez descansada. Quiere ser "La Esclava de su Amante" (Dios).

 

Lisis, conmovida, abraza a doña Isabel, lamenta haberla tratado como esclava y acepta su decisión, ofreciéndole sus propias riquezas si las joyas no bastan. Doña Isabel agradece los ofrecimientos de todos y, sentada junto a los músicos, canta un romance que reflexiona sobre los celos, el honor y la desconfianza en el amor. En este, compara el amor y los celos como causa y efecto, y advierte sobre el peligro de la confianza excesiva.